martes 3 de abril de 2007

# 20 - Ponte los pantalones

Ese día viernes llegué del colegio a dormir. Siempre me sucede todos los viernes, como salgo del colegio a la una de la tarde, soy víctima del peso de la semana y exhausto no puedo mantener pestaña abierta en la micro, si tengo suerte de venirme sentado. Por eso me vengo siempre atrás, aprovechando el viaje que es, a ese horario, su media hora hasta mi casa.

Olvidé hablar con mi mamá con respecto al carrete, y una vez que desperté, a las seis de la tarde, aún no estaba seguro ni si quiera si me iban a dar permiso. El teléfono cortado para celulares, y la mesa central de la empresa donde trabaja ocupada. Tomé doscientos pesos y salí corriendo a buscar un teléfono público para poder llamarla antes de que se viniera de la pega, porque tiene la rara costumbre de no contestar su celular después de salir de la oficina. “Para que no me lo roben” dice ella, cuando le discuto que no le es para nada útil si no lo contesta en la calle.

Fui al negocio de la vuelta, y marqué el número.

Felizmente, alcanzó a contestar:

-“Aló, mamá, oye, esta noche tengo un carrete... ¿Puedo ir?”

-“De quién es la fiesta y adónde?”

-“De la Angélica, la polola del Max, aquí en la Villa Los Héroes, es con quedarse y no hay ningún atado”-

-“Hmmm... déjame pensarlo, los dos tenemos que conversar”

-“Pero mamá...”

-“En la casa hablamos. Me llamaron del colegio y hoy volviste a llegar atrasado. Tendremos que conversar sobre tu conducta. Nos vemos allá, chao”

Cortó.

Maldita sea. Justo ahora que más necesito un momento de liberación suceden estas cosas. No puede ser.

Quise irme a la segura. Ya iban a ser las siete de la tarde, y el cielo de nuevo se ponía amenazante. Me bañé y me arreglé para el momento, al menos así poder dar lástima de que “cómo me van a dejar con los crespos hechos”.

Mi mamá llegó a las ocho de la noche casi, pues pasó a comprar cosas para la once. Y esperó hasta último momento para poder hablarme del tema.

-“Y bien... qué pasó mamá”

-“Es lo que yo debería preguntarte a ti Antonio. ¿Por qué de un momento para otro te volviste tan irresponsable?”

-“¿De qué me hablas? Si por mi está yendo todo con normalidad”

-“Soy tu mamá y te conozco. O bien creo conocerte bastante.”

-“No lo haces de forma cabal, y por eso te digo que está todo bien”

-“Tu inspectora general me llamó hoy en la mañana. Tienes nueve atrasos y espera conversar bastante conmigo el martes cuando tenga que ir por el problema con tu profesora de Electivo. Dice estar muy preocupada del mal cambio que has tenido”.

-“¿Qué significa eso entonces?”

-“Que de seguir estas conductas Antonio, me veré en la obligación de tomar medidas drásticas contra ti para que corrijas esa conducta. Vas a cumplir dieciocho años y creo haberte dado una buena formación y buenos valores para que seas una persona responsable. No veo por qué justo ahora, cuando tienes que empezar a mostrar calidad de lo que eres estás realmente déspota con tu propia forma de ser. Nunca lo vi en ti, y eso es preocupante hijo”.

-“Pero qué estas diciendo...”- Dije con un gran desánimo –“Tratas de decir que me estoy convirtiendo en cualquier cosa o qué”.

-“No hijo. No seas extremista. Pero te estoy llamando la atención pues son cosas que quizás tú hoy no las ves relevantes. Pero cuando te enfrentes al mundo que te espera hijo, te pueden jugar en contra y eso no me gustaría, no sería sano para ti”

-“Qué puedo hacer para que creas que todo está bien”- Dije con amargura.

-“Demuéstramelo Antonio. Ponte los pantalones. Si no te das cuenta el colegio es tu única responsabilidad hoy. Haz las cosas con consecuencia. No destiñas”.

-“Lo haré”

-“Eso quería escuchar... así que mañana mismo quiero ese pelo corto”.

Sacó provecho del momento para seguir el show de la inquisición de esta casa.

-“Mamá... ¿puedo ir?”

-“Si pero quiero que te comprometas primero a que harás lo que te digo”.

-“Yo creo que todo está bien, y se mantendrá bien, te lo aseguro”- Sentencié. Me levanté de la mesa y retiré mi taza.

Fui a mi pieza para llamar al Rigo para poder juntarme con él al menos y nos fuéramos juntos para allá. Lo llamo por primera vez y no contestó. Lo llamé de nuevo y con suerte me contestó. Con una voz pero de esas cuando recién despiertas lo que me hizo entrar en una especie de pánico.

-“¿Hueón, no vay al carrete?”

-“¿Cuál carrete?”

-“El de la Ange poh”

-“Es mañana ese carrete hueón”- Estalló una risa poderosamente.

-“Puta, de veras... gracias, nos vemos entonces. ¿Dónde nos juntamos?”

-“Espérame en el Montserrat de Los Héroes a las nueve. Ahí nos vamos a juntar con los cabros mañana”

-“Ok, ahí estaré. Nos vemos,.chao”

-“Chao”

Y al final me quedé con los crespos hechos. No era hoy. Maldije todo lo que se me cruzó por delante. Cerré la puerta, puse música y navegué en Internet. Necesitaba esa liberación, esa catarsis. Sólo son veiticuatro horas. ¡Qué me cuesta!. ¡Mucho! Siento que todo se me viene encima. Y para cagarla más, me pongo a pensar en Bárbara. Tomo el lápiz y escribo su nombre en un cuaderno. Luego escribo el de Natalia.

¿El de Natalia?

¿Por qué el de ella?

¿Un asalto de nostalgia?

No. Lo taché. Henríquez. Si se acabó Henríquez. No me volverá a llamar, no me atreveré a llamarla de nuevo, creo. Todo quedó en una conversación común y corriente carajo. Y en estos momentos, creo estar solo. Completamente solo. Nunca pedí estar solo, pero así me siento. Como si la soledad de la habitación que está al lado de mi pieza comenzara a invadir mi espacio vital.

He escuchado hablar a gente de sentirse solo. Y bien, si llevo tanto tiempo de estar solo después de haber salido de la casa de mis abuelos, un año antes de que muriera la abuela, y luego que. Nanas, empleadas, amas de casa, como se les quiera llamar. Debería acostumbrarme a estos momentos. Pero no. Hoy, esta noche, me siento solo realmente. Estoy arreglado para presenciar mi opción de caer a un abismo.

Miro la hora y ya son las 3 de la mañana y sigo frente a esta pantalla. Acompañándome solo. Maldición. Tengo ganas de llorar.

Decidí acostarme y acabar de una vez esta puta jornada.


Foto: Claudio Garrido

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domingo 1 de abril de 2007

# 19 - Siempre hay alguien

En el recreo después del electivo me escondí para no hablar con Gabriela.
Fui a ver a la Natalia, a pasar el recreo, aprovechando a mi gente en el último semestre de colegio. Una valorable persona es ella, pues cuando recién llegué a este colegio en séptimo básico, y yo era un tipo más anónimo de lo que ahora soy, en la micro me venía solo, observando los paisajes matutinos y vespertinos según sea la jornada de clases. Entonces, un día que venía sin ganas de nada, cansado del ajetreo, y el asiento de mi lado vacío, pasado la Plaza Maipú, ella se sienta y como si nada me dice “hola”.
Se había acercado a mi porque “me había encontrado de buena pinta y le inspiraba confianza”. Algo parecido como lo que me pasó con Bárbara pro no en tanta intensidad, por que si bien este contacto se dio de forma fortuita, nunca hubo un episodio de amor tan pronunciado como el que estoy evidenciando.
Aunque debo reconocer que un día sí paso algo.
Uno de esos tantos días, hace dos años si no mal recuerdo, me pidió que me acompañara a la galería artesanal que está en avenida 5 de Abril. Entonces fui con ella para que comprara unos colgantes, que a ella le gustan tanto. Yo estaba mirando unos posters y ella me muestra un colgante y me pregunta si me gusta. Yo le dije que sí, disimulando mi indiferencia a esos gustos tan rebuscados.
Pero a ella, el verse en ese ambiente sin explicación para mi la lleva a otro mundo, pues, ella miraba su colgante luego de pagarlo... recuerdo que también compró unos inciensos, y se tomó de mi brazo. Era un día nublado y decidimos ir a dar una vuelta al Templo Votivo. Ninguno quería llegar a la casa, pues era un día miércoles que salíamos a las cuatro y media en ese tiempo, y ella tenía unos problemas en la casa y yo... como siempre... pasaba solo.
Pensando en eso último nunca tuve la intención de llevarla a mi casa.
En un clima extraño de espiritualidad y reflexión interna de ella, nos sentamos en uno de los escalones de la explanada del Templo, y ella me contaba que su hermana mayor, también juntaba de esas cosas, y que las intercambiaban. Siempre me decía “si algún día fueras a mi casa, y entras a mi pieza, siempre habrá un incienso encendido, o en su defecto, sentirás su aroma y te acompañará todo el día”.
Yo la observaba tratando de entender su mundo, como para hacerme un poco parte de él y también disfrutar tanto de ella ese momento. El viento frío comenzó a correr, se había oscurecido, ya eran las seis y aún estábamos ahí. Las campanas sonaron como toda hora en la basílica, y ella me abraza y me da un beso a quemarropa.
Sin darme ninguna explicación, se levantó y me dijo “vamos, debo llegar a mi casa”.
Subimos a la 332 llena en ese tiempo y todavía la sentía cercana, hasta que cuando llegamos a calle Marco Antonio ella desciende. Me dijo antes “gracias por acompañarme a la feria”.
Pero luego de eso, nunca volvió a repetirse algo, de hecho, en las líneas chismosas del colegio nunca se supo de este encuentro cercano, y por más que hubiese querido repetirlo, nunca se dio la posibilidad.
Pero el acompañarme a mi casa con ella siempre has sido algo agradable.
Por eso no me extrañó que ayer cuando me preguntó qué me ocurría, ella se diera cuenta de que le mentí.
-“¿En qué andai’ metío Antonio ah?”
-“Nada oh, ven y dame un abrazo”
Obedeció, si en el fondo, tan inquisitiva no es y a pesar de una confianza tremenda que hay, nunca he abierto mi boca para decir todo lo que me ocurre a nadie. Todos saben parte de mi historia, pero nadie completa.
El estar con ella sirvió para capear el recreo.
Pero Gabriela en la clase me miró con esa cara de “maldito”, y tuve que almorzar con ella de nuevo.
Le di detalladamente los antecedentes de la situación con Bárbara, con lujo y detalle, hasta la conversación de ayer, y todo lo que he pensado esta mañana.
Me dijo algo que casi me sepulta.
-“¿Tú crees que es posible avalar todo ese amor que dices sentir cabrito? Con suerte la viste una vez, y hablaste con ella la pé. No la conoces nada Antonio, no te dejes engañar. Esta bien que de repente al corazón no lo puedes mandar, pero también usa tu conciencia. Ella es mayor. Se va a casar. Mírate, mírame. ¿Qué somos amigo mío? ¿Qué somos?.Unos pendejos amigo, unos cabros chicos.¡Para ella de más que eres un cabro chico! Esto te puede hacer mal Antonio y no quiero verte mal, tu sabes que yo te puedo apoyar en todo, pero menos en algo que te puede hacer mal, y mi instinto de mujer dice, que ella no es para ti. Hay muchas mujeres, muchas niñas que por ti darían mucho amigo mío. Hoy son personas anónimas, pero algún día dejarán lucir sus rostros para decirte que te quieren. Que darían todo por ti. Ahora, si algo vas a hacer amigo mío... sólo espero que salgas bien de todo esto, pues difícil lo veo. Perdóname por ser tan crítica pero debo ser sincera. No quiero verte mal, insisto.”
-“¿Quién daría tanto por mí Gabriela?”
-“Siempre hay alguien, nacimos para ser correspondidos”- Esto último lo dijo con un aire de autoridad como si tuviera en su corazón para entender los asuntos del amor.
-“¿Como tú por ejemplo?”- Le dije como broma, para restarle dramatismo.
Sin embargo se ruborizó.
-“Tontito, tú eres mi amigo y sé cual es mi rol en esto.”- Me dijo quitando de a poco el color de sus mejillas.
-“No te preocupes si era una broma”- Le dije sonriendo.
-“Más te vale, jaja”.-Me abraza una vez más.
En fin.
De todas formas, Gabriela intentó apelar a mi conciencia, y quizás tiene razón. Los motivos son elocuentes. Por que el motivo de Rigo que tuvo para azuzarme fue de índole política y para mí... de verdad no es relevante.
No hay que seguir con esto.
Creo que no hay nada más que hacer.
Mañana iré al carrete del la Ange y me olvidaré de todo este atado.


Foto: Claudio Garrido

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lunes 19 de marzo de 2007

# 18 - El "facho" de la discordia

Entré a clases. Estaban en Historia.
El profesor me miró con esa cara de siempre en estas situaciones: “De nuevo atrasado Ramírez”. Pero su mirada es como si leyera mis ojos y comprendiera todo lo que me pasa instantáneamente. Pero su ética profesional le impide comentar alguna cosa para confirmar sus conclusiones y hace de la discreción su compañera.
El profe Alejandro es quien más me conoce de los docentes en este colegio. Hace tres años que me hace clases de Historia. Es un ser muy culto, respetuoso y responsable; y tiene una paciencia muy deseable en sus colegas. Alejandro siempre llega al colegio en su auto verde no después de las siete y cuarto de la mañana. Va a la sala de profesores, se lee completamente La Tercera en tiempo récord, y diez minutos para las ocho de la mañana ya está en la inspectoría esperando con el libro de clases en una mano y un bolso de notebook que nunca cumplió su función original en la otra; cosa de que cuando el timbre suena, él está cerrando la puerta de la sala de clases.
El tema del día era “La Guerra Fría” y estaban haciendo trabajos grupales en el texto, así que me integré al grupo de Max, el Palillo y el Rigo.
-“Media carita que traí’ hueón ¿Qué te pasó?”- Inquirió el Rigo al notar algo extraño en mis expresiones faciales.
-“Me pegué en la almohada hueón... nada más”- Quise acabar luego con el interrogatorio pero éste cambió de rumbo.
-“Toño hueón ¿Vai’ al carrete de la Angélica el sábado? Teni’ que ir poh pa’ que hueviemos y todo, no podi’ faltar”- Max realiza una pregunta esperada.
-“De veras hueón, pero tengo que decirle a mi vieja primero, ahí te confirmo poh, no creo que tenga atados para ir”.
-“Si po, si vai’ trata de llevar plata pa’ comprar copete y cosas pa’ picar”
-“Lógico poh, pero oye ¿Dónde vive tu mina?”- La expresión “tu mina” le dio un aire de orgullo a Max, que hizo que se le inflara el pecho para hablar con respecto a su novia, que mas bien es una mujer muy atractiva y que cualquier tipo pseudopopular desearía. Como un cable a tierra, dicen, si todas se derriten por él, ella no lo hace. Pero a él le encanta que no lo haga... aunque sí lo hace de forma furtiva.
-“Vive en Los Héroes, cerca de los supermercados. Si quieres nos juntamos todos. O bien, mejor júntense ustedes ahí en el Unimarc y se van juntos, el Rigo ya cachó como llegar, si le acabo de explicar. Los acompañaría pero tengo que estar en la casa de la Flaca y no podré ir a buscarlo”s-.
-“Ya, no te preocupí’, si igual me queda cerca, no creo que me pierda, si en el fondo sólo es cruzar Camino a Melipilla. Ahí cuando te llame confirmo todo entonces”.
Terminaba de decir eso, y el profesor se acerca con su preponderante nariz: -“Ya terminaron todo?”-.
Era el imperativo para iniciar y terminar de una vez la tarea.
En el recreo me acerqué a Gabriela.
-“Gaby, muy lindo lo que pusiste en tu Fotolog, gracias por todo mi niña”- Le di un abrazo y un beso en su cara.
-“Tú sabes Toñito que te quiero mucho, ¿Qué hago si mi amigo está mal, ah? No poh’ si usted se merece lo mejor si es la raja como persona”.
-“Yo también te quiero Gaby”-. Le dije un poco ruborizado. Me reí tímidamente mirando a cualquier parte menos sus ojos.
Sin duda esas palabras de aliento en un momento como este tienen un peso enorme.
-“¿Yyyy... me haz hecho algo por tu niña o no? Te comunicaste con ella?”- Aplicó su chantaje. Me atrapó. No era la idea volver a tener que repasar el mismo tema pero me tenía atrapado en sus brazos. Tocaron el timbre y no me quedó otra que asentir.
-“Si, hay avances. Pero te contaré después del electivo, ¿Ya?”-.
Me sonrió y se fue contenta y ansiosa por saber. Yo un poco aliviado después de la fracasada negociación busqué al Rigo para irme al electivo. Al menos me tocaba Física, algo más motivante.
-“¿Qué te dijo tu vieja por lo de la profe de Matemática Electivo?”- Dijo mi amigo con ganas de copuchar.
-“Nada, es que le dio color porque nunca me había portado así, y cosas por el estilo. Va a tener que venir el martes”.
-“Que charcha hueón, na’ que ver si la vieja te hincha las pelotas pesado poh compadre”.
-“Así son las cosas hermano, si no te sometes, te socavan para hundirte”.– Dije a modo de conclusión.
Llega don Alfredo, el veterano docente de la ciencia de la Física.
En eso el Rigo me pega el palo.
-“¿Y qué onda tu mina?¿Fuiste al Metro de nuevo a verla?”– Con una pizca de sátira el Rigo me liquidó con su pregunta.
-La llamé ayer.
-Yaaaa...¿La dura?¿Y qué pasó?¿Pudiste hablar con ella?¿No los cachó el pololo?.
-No. No estaba el hueón. Pero pude hablar con ella, harto rato.
Segundos de silencio mientras escribía el título en mi hoja de cuaderno.
-“¿Pero qué pasó, no te noto muy convencido y ayer estabai’ terrible alucina’o poh?”-
Doy un suspiro.
-“Es más difícil de lo que pensé. La Bárbara está de novia con ese tipo. Además es un hueón de plata, aunque no le da ni uno si incluso estaba trabajando por eso, pero lo mas extraño es que está enganchada en mala con el loco y por lo visto, ya vale callampa poh”.
-“¿Y dónde trabaja el susodicho?”-.
-“Es concejal en La Florida el tipo”-.
-“Coimero debe ser el hueón. Pero me dijiste que están de novios hmm... ¿Cómo sabí’ tú si están bien?”-.
-“Se van a casar a fin de año Rigo. Estoy cagado desde el principio.”-
-“Oooh compadre, ayudándolo a sentir, pero onda, ¿Es seguro eso?-.
-“Viven juntos y quieren casarse a fin de año.”-.
-“Puta compadre. Estamos mal.-”. Intentó ponerse en mi lugar
Me dio una angustia intensa. Mi amigo me confirmaba los pensamientos de la mañana. Pero interrumpe una talla que pensé luego que podría traer repercusiones en acontecimientos futuros.
-“A no ser que seai’ el patas negras jajaja!”- Me reí con su talla. Ahí me veía escondiéndome en unas libutrinas esperando a que el desgraciado se vaya a la pega y yo entro a su casa y lo humillo en su hogar, mientras le doy a Bárbara una lección de hombría que mucho le falta a Madrid.
-“¿Compañero, de qué partido es el loco?”- Tuvo que meter inevitablemente la política en el ruedo.
Me acordé de haber visto propaganda de este tipo el año pasado y si no me equivoco aparecía con Joaquín Lavín en un afiche. La verdad, no me acuerdo muy bien.
-“De derecha debe ser, si lo vi con Lavín en un afiche”.
Rigo se sulfuró al instante.
-“¡Así que es facho el hueón. No compañero, teni que hacerlo recagar a ese culiao! ¡Facho de mierda, de seguro debe ser ladrón el muy conchesumadre!”. Los insultos vinieron instantáneamente. Fueron tan efusivos que con lujo y detalle los escuchó Sebastián, otro alumno del electivo que es derechista y milita en un partido político de derecha.
-“¡Que hueá te pasa comunista de mierda!¡ A quien le vení a decir ladrón!¡Seguro tus compañeros no son ladrones poh¡”- Replicó con alevosía.
Había comenzado el pleito casi ideológico de Chile. Por el lado de la izquierda, el Rigo, y por los de la Derecha, Sebastián. Y a mi. ¿Quién me ayuda a entender mi propio sistema?.


Foto: Claudio Garrido

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lunes 19 de febrero de 2007

# 17 - Noveno Atraso

Un nuevo día de colegio.
De repente pienso que a cada día baja un grado más la temperatura, pero el frío acá en Maipú es increíble. Hoy de hecho tuve que colocarme una polera más para abrigarme, y amarrarme la bufanda pero con un ajuste demencial, casi ahorcándome para que no entrara un poco del calador frío que llegaba a escarchar el pasto de los jardines vecinos.
Creo que en esta oportunidad, la suerte no anduvo de mi lado y los buses amarillos repleto de gente que se traslada por inercia me dejaron abandonado más de una vez en el improvisado paradero que con la humedad se rodeaba de barro.
La hora avanzaba y ya eran las siete y media de la mañana. Hoy es jueves, y han pasado dos días desde el suceso que me marcó.
El hecho de haber entablado el diálogo con Bárbara de cierto modo me tranquilizó bastante, y me hacen pensar las cosas con más racionalidad.
Iniciaba mi meditación, y al fin una 245 que parecía lata de sardinas se dio el lujo de detenerse ante mi. Entregué mis ciento veinte pesos, tuve en mi poder el boleto y me ubiqué apenas tras el conductor con lo lleno que iba ese bus. Los vidrios empañados evidenciaban un colectivo pesar por el ambiente no amigable. Sin embargo, me daba un aire de tranquilidad y paz pues es un momento en el cual todos buscamos el calor de algún modo. La gente se estrecha, se acerca, como si supiera que hay alguien que perdido en su silencio clama por compañía. Y si bien, la indiferencia oral es pan de cada día en estas situaciones cotidianas, te sientes por un momento acompañado por esas ochenta personas que andan rumbo a un destino relativo. ¿Cuál de todas llegará a aquel?.
Todo va fluyendo. Como los mismos pasajeros en esta micro. Partí adelante. Terminé atrás. Llegué a Plaza Maipú y me bajé. Miré mi celular. Las ocho. Ya cagué, me atrasé.
Nada ya podía hacer, así que desafiando la baja temperatura, fui y me senté en un escarchado banco de la plaza de mi comuna a mirar cómo la masa pululante se escabulle en las arterias de cemento.
Gorros, bufandas, guantes, y hasta un paraguas, seguramente una persona de mala fe que piensa que hoy lloverá, aunque el cielo se vea despejado. Miro los rostros todos víctimas de una vida sistemática, y me siento aislado en un mundo que avanzaba a una aceleración constante. Me quedaba. Tiritaba. Amanecía.
Y en uno de esos rostros vi el de ella. No era ella. Tenía un parecido tremendo. La quedé mirando. Ella esperó pacientemente una micro en el paradero, y a los ocho minutos se fue en una 403 rumbo al centro de Santiago.
Me daba cuenta que quizás las opciones de poder lograr algo, con racionalidad con Henríquez se escapaban como su imagen en el vehículo de transporte colectivo. Un cierto pánico me invadió lo que me hizo escapar un escalofrío. ¿De verdad vale la pena irrumpir en algo que se ve tan sólido?... quiero pensar que es sólo una apariencia. Mi abuelo me decía, adelante, que siga mis sentimientos. Y yo digo que es demasiado riesgo con una mínima posibilidad de resultado. ¿Y mi corazón?.
Lamentablemente o afortunadamente creo que cuando uno se propone algo hay que terminarlo hasta ver resultados. Yo quiero que esto me favorezca, y si tengo que presionar el acelerador, no quiero detenerme. Ese es mi miedo. Es una lucha intensa.
Primero, ganarme el corazón de ella. Luego, eliminar a mi rival. Son todos mayores y me juegan en contra sus experiencias. ¿Tendré realmente posibilidad de salir como un prócer y no morir en el intento?.
Claro, con el ímpetu que ayer me llevó a adoptar un grito de lucha luego de escucharla... sin duda me revoluciona. Como que existo y luego pienso. Sano o no, de algún modo ya me metí en esto.
Tomé un papel arrugado y lo arrojé lejos. Una señora me miró con cara de espanto y reproche. Le respondí con una mirada golpeadora. Giró su cara. Quise gritar, y creo que podía verse humo salir de mi cabeza. Ha pasado ya media hora y me acordé que tenía que irme al colegio. La ciudad había amanecido totalmente y yo seguía estancado. Siento que debo desahogarme. Decidí marcharme. Me paré y caminé al paradero. Pasó una 173 y la abordé. Iba vacía, se parecía a mi corazón. Nunca en la vida lo sentí tan vacío, o con deseo de acabar con un dolor que recién ahora viene a manifestarse.
¿He crecido y ahora mis requerimientos son otros? ¿O es que tomé conciencia de que existe una afecto que te mantiene vivo? Pensé en todos. Mi mamá, mi abuelo, Gabriela, mis amigos del colegio, .... Bárbara.
No es posible que pueda yo llegar a este nivel de inseguridad. Golpeé con coraje el asiento del lado, al mismo tiempo que el chofer me miró por el retrovisor con una cara de “¿Qué pasa joven?”. Si no son mis preocupaciones cotidianas, es esto lo que me consume.
Bajé de la micro en Santa Elena con Vespucio. Vendían sopaipillas. El olor de las sopaipillas friéndose me recordó que aún no había tomado desayuno y el estómago me comenzó a reclamar. Plata de sobra no tenía, pero me motivó a apurarme para llegar al colegio. Me logró el hambre desviarme del tema y acelerar el paso, para que un cuarto para las nueve yo pueda cruzar el umbral del acceso al colegio.
Ahora el tema era otro, pasar a la inspectoría, ver las mismas caras de nuevo. Las caras acusadoras ante un alumno que cometió la gravísima falta de atrasarse. Pasé mi libreta de comunicaciones a la inspectora general e hizo la anotación respectiva.
-“Es el noveno en el semestre y estamos recién a fines de agosto señor Ramírez”- Formuló de forma inquisitiva la Inspectora.
La miré y no me dio animo de responderle ninguna cosa.
-“¿Habló con su apoderado con respecto al problema con la profesora Elena Gómez?”-
-“Sí, si le he dicho, mi mamá dijo que iba a venir”- Tuve que sacar la voz ante la interrogante de rigor.
-“Me parece señor. Espero que con esto usted vaya mejorando su conducta, mire que yo años que a usted lo conozco y me parece extraño que su comportamiento tenga un cambio como el que está teniendo ahora, para mal. Váyase para su sala rápidamente. Y es la última, a la otra señor, se me va suspendido. Mas aún si no se corta ese pelo.”
Me despachó y me fui.
Quiero que esta avalancha negra acabe. Necesito llenar el vacío que hay en mí. ¿Cómos? ¿Por qués? .... No se todavía por qué soy quien soy.


Foto: Claudio Garrido

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jueves 11 de enero de 2007

# 16 - Talquina

La conversación que duró cerca de nueve minutos entre esas palabras locas y los inquietantes silencios, me consumió casi todo el saldo que tenía de la tarjeta del celular, pero me alcanzó para enviarle un mensaje de texto con mi número telefónico de la casa.
Yo retomé mi actividad diaria en mi computador, y en ese rato se conectó Gabriela en el Messenger, y me pidió que le escribiera un recado en su Fotolog. Había subido una foto que nos habían sacado a principio de año. Salíamos abrazados muy juntos, muy fraternales, como si se ocultara una pasión detrás de una amistad intensa. Y es que con Gabriela he conseguido una confianza notable desde su llegada al curso en primero medio. Una chica de pelo negro y lentes, con un aire intelectual y labios bien rojos. Se lucían en sus mejillas unas tímidas pecas que ella siempre trató de ocultar con infructuosos esfuerzos con base de maquillaje. Su falda tenía un largo más notorio y extenso que las de las demás compañeras, por lo cual, no pasó desapercibida para las promiscuas del mi curso, cuya vestimenta inferior te daba la chance de contemplar generosamente un par de muslos pronunciados con cada una de ellas.
Por su actitud pasiva y respetuosa, fue en un principio blanco de muchas burlas. Su capacidad cognitiva y su razonamiento sin igual le hizo merecedora de un respeto inusitado por parte del entonces primero medio B en su totalidad. Sus palabras eran capaz de callar a la más habladora de las cotorras, con sus frases y conceptos precisos y concisos.
Y así, leía pues, me recordó cómo la conocí. Un trabajo de Física en parejas, y por sorteo y el azar me ligó el deber con Gabriela Santana.
Santana sólo se juntaba con Francisca Leiva, su mejor amiga en todo el tiempo que ella ha estado en el colegio. Siempre se mostró conmigo desde un principio, con una excelente disposición, por eso se gestó esta amistad tan única y pasional, haciendo míos sus asuntos, y ella lo mismo por su parte.
Creo que el origen de todo esto parte por lo que ocurrió hoy. Le escribí que estaba feliz de tenerla siempre conmigo. Sin duda ha sido para mí una gran ayuda.
Llegó mi mamá, y me acordé de que tengo un desagradable asunto pendiente: La citación al apoderado a causa de la pugna con la profesora del Electivo.
-“¡Como tan tonto, Antonio!, Si has tenido una conducta muy prudente siempre, ¡Qué extraño que justo ahora que estás a punto de salir suceda esto!.”-. Tiene que ir este lunes.
Mientras tomábamos once, mi madre estaba buscando más pretextos para seguir reprendiéndome, en el momento que yo ya me comenzaba a irritar.
En eso, suena el teléfono.
Un momento de extrañeza, nos quedamos mirando con mi mamá, con la pregunta hurtada simultáneamente de los pensamientos: “¿Quién llama?”. Se acabó la sobremesa de súbito. Corrí a mi pieza, cerré la puerta y contesté. Era Bárbara.
Esta vez, igual con un poco de nervios y ansiedad de mi parte, pudimos hablar más. Me enteré que vive en Puente Alto, en una casa cerca de la avenida Portales, por el 26 de avenida La Florida hacia arriba, cerca del cementerio donde está sepultada mi abuela y vive...con su novio. Nada menos que el concejal de La Florida Gustavo Madrid. Por lo que me contó, se conocieron hace un par de años en la calle, y hace 6 meses que viven juntos. Se sentía satisfecha con él, y pretenden casarse a fin de año. ¡Casi me muero al saberlo! ¡Todo se iba a la mierda de nuevo!. Me contó además, que es oriunda de Talca, y que hace cinco años casi, luego de terminar el cuarto medio, se vino a Santiago a estudiar Medicina en la Universidad Católica. Había sacado uno de los 70 mejores puntajes promedios de la Prueba de Aptitud en su promoción. Con eso me acordé de Gabriela. Pero Bárbara tuvo que congelar sus estudios porque no tenía plata para poder pagar los aranceles. Y además sería el motivo aparente de por qué no arrienda y vive con Madrid, pero no me atrevía preguntarle eso. Por alguna maldita razón no le dieron ninguna beca, y Madrid curiosamente no tiene dinero como para ayudarla. Pero ella se resigna, y por eso estuvo trabajando en la librería Cosmos pero renunció por las diferencias que tenía con su jefe, el cual, me dijo, acosaba a sus compañeras. Ahora está buscando trabajo porque también el idiota del concejal no le puede dar un puesto en el municipio por no tener título universitario. ¡Qué tontera!. Me dio rabia, porque se notaba que era una persona esforzada y que tiene que explotar todas esas
Me contó también que luego se quiere especializar en pediatría, que le encantan los niños. De pronto me dijo que tenía que cortar... que había llegado su novio.
Se acabó la conversación.
Madrid. Ese tal Madrid. ¿Será un duro oponente? ¿Valdrá la pena luchar contra algo tan bien armado?.
La verdad.
Nada me detendrá.

Foto: Claudio Garrido

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domingo 31 de diciembre de 2006

# 15 - En 24 horas más cerca de ti

Contesta Bárbara, por favor.
3 segundos.
- ¿Alo?
Ahora sí. Era ella. Reconocí de inmediato su voz, sentí que el teléfono no alteraba el sonido que escuché en el Mall cuando le entregaba su billetera. Era ella perfectamente, al fin, nuevamente en mis oídos.
- ¿Aló? Eeeeeh..... ¿Hablo con Bárbara?- Me comenzaba a consumir por dentro de forma intensa.
- Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?.
- Con Antonio.... Antonio Ramírez. ¿Te acuerdas de mi?
- Antonio.....
Segundos de incómoda incertidumbre.
- Soy el que ayer te pasó la billetera en el Mall. ¿Ahora si te acuerdas?
- Aaah! Si, el chico de Maipú. ¡Hola! Jaja... discúlpame por desconocerte. En todo caso ¿Cómo me pudiste ubicar? ¿Necesitas algo? ¡Que raro que me estés llamando! ¿Cómo llegaste donde tu mami?
De veras que me había sentido tan pequeño.... ¡pero no tanto como ahora!.
- Bien, no tuve ningún problema, gracias.
Se me acabó el habla. Impactado ya estaba al poder hablarle. El silencio ponía las cosas mas o menos amenazantes.
- ¿Y qué necesitas, Antonio? ¿Cómo te pudiste comunicar conmigo?
- Sabes... es que, te encontré simpática por lo de ayer, la preocupación y todo... creo que puedes ser alguien súper simpática, si. – Con muchos nervios – Entonces....
- Y entonces tomaste mi tarjeta de la librería y te dieron mi número, ¿o no?
Se sintió una pícara risita que en realidad me disgustó un poco. Algo de misterio tenía esa expresión que daba ella por el auricular. Creo que me captó la intención desde un principio y las ganas de sepultarme se elevaron de forma exponencial.
- Sí.. así fue.- Le dije con vergüenza. – Perdóname por haber abierto tu billetera. Te aseguro que no buscaba otra cosa
- Me consta Antonio. Lo demás estaba todo en su lugar. ¿Supongo que no viste mi carnet de identidad, cierto?
- ¡No! ¡¿Cómo se te ocurre?!- Le mentí descaradamente. Si fue lo primero que vi, para comprobar su edad. Su fecha de nacimiento. 14 de Febrero de 1982. Veintitrés años y sus cuantos meses. Y yo pensando que cinco años no son mucha diferencia. Yo cumplo los dieciocho el 30 de diciembre.
- ¡Uy que alivio niño! ¡Mira que salgo horrible!. Así que simpática ¿eh? Que curioso. ¡Se nota que no me conoces jaja!.
- Jaja... es cierto... – No sé con qué intención me dijo eso.
- Si pues chico. Bueno, debo cortarte que estoy en la calle, voy camino a la casa y este paradero de micros no es muy bueno que digamos.
- ¿Okei.... ehmm... te puedo pedir un favor? ¡Que vergüenza pedirte esto!
- ¡Si, dale, mientras no sea plata todo bien jajaja!- Siempre manteniendo su forma lúdica para expresarse.
- Llámame a mi casa cuando llegues, ¿tienes donde anotar mi número?
- No, no tengo. Pero llámame y yo te devuelvo. ¿Bueno?
- Si, por favor, es que tengo mi teléfono cortado. Muchas gracias
- ¡De nada chico, chao!
Apenas apreté el botón rojo para terminar la llamada me tiré en la cama, abracé la almohada con fuerza y me reía solo del momento crucial que había pasado. Hablé con ella, y di el primer paso. Me sentí realizado y no cabía de más felicidad.
¡Bárbara Henríquez... en 24 horas ya te tengo tan cerca amor mío!.

Foto: Claudio Garrido

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viernes 10 de noviembre de 2006

# 14 - Llamada por celular

La prueba del libro fue un desastre. Fue un horror, algo frustrante. Quizás no tan terrible, pues el pensamiento se enfocaba en mi niña. Pero el resultado de todo eso me va a joder bastante. Ni siquiera la bien organizada red de torpedos con boletos de micro que recorrieron la sala en toda su extensión me fueron de utilidad, pues en mi colapso no era capaz siquiera de abrir los boletos doblados para tener alguna idea de qué responder.
La situación no dio para más, me entregué y pasé la prueba con puras respuestas inciertas, bordeando la incoherencia, y en un estado de shock temporal sólo tuve las agallas de solicitar el permiso de ir al baño, y tranquilizarme un poco en ese pequeño rato.
Me lavé la cara, me senté en el patio unos minutos y volví a la sala. Segundos después, tocaron el timbre.
Almorcé con Gabriela, la cual se mostró un poco más efusiva en ese instante. Estaba preocupada por lo que ocurrió con la profe de electivo, y me decía incesantemente que andaba raro. Podía ser, si ni yo podía explicar este extraño comportamiento. Me costaba pensar que fuese por la causa de Bárbara. ¿Un amor tan breve pero intenso? Me lo preguntaba mientras Gabriela me miraba fijamente con sus ojos pardos y brillantes.
-“Ya poh’ Toño, come algo”- Insistía. No tenía hambre. Sólo quería irme a casa, ejecutar lo más rápido posible el plan y sacarme luego esta incertidumbre. Ella me tomó la mano y me dijo:
-“Cualquier cosa que necesites, estaré siempre contigo. Te quiero mucho”- Me sonríe. Me besa la mejilla, se levanta y se va. Me quedé suspendido unos segundos y salí tras ella. La tomo del hombro y se vuelve hacia mí.
-“Gracias”- Le dije, y la abracé.
-“Tontito...”- Me dijo con una expresión de ternura inédita en ella. Se va al baño.

Pasó un rato, tomé aire dándome vueltas en la inmensidad de mi colegio. Veo a muchas caras pasar. Niños corriendo de un lado hacia otro, jugando a la pelota, y otros conversando. A medida que avanzo, me doy cuenta de lo poco que me queda vistiendo un uniforme y la posibilidad de mimetizarme con uno de esos chicos. Caminaba cerca de la sala de un primero medio, y se me acerca un alumno de uno de esos cursos. Me pasa un flyer para una fiesta. Era para la próxima semana, celebraban el cumpleaños de una tipa compañera del chico. Cobraban doscientos pesos por la entrada.
Miré la pequeña fotocopia, y la deseché. Ya tengo una fiesta esta semana, no quiero reventarme carreteando. Aparte, lo lejos que vivo no me permite asistir con regularidad a estos eventos, nadie me puede traer a mi casa.
Iba llegando a la sala y me intercepta el Rigo, que venía del baño.
-“¿Ya, qué anda pensando el enamora’o?, vamos a jugar a la pelota, están todos”.-
Esta vez pensé que era lo mejor. Fui a jugar con los chiquillos. Necesitaba distraerme y no seguir redundando.
Vino una clase de religión, en la que en realidad no hacemos nada. Y decidí dormir.
Me vine a la casa con Natalia. Una amiga que tengo en un tercero medio, y que vive a cuadras de mi casa. También me notó extraño, pero al menos la pude convencer con un falso resfrío. Llegué rápidamente a mi casa, y luego de estirarme un rato, llegó el momento que estaba esperando.
Busqué dinero en todos los rincones de la casa. Logré recolectar lo necesario y fui a comprar una tarjeta para el celular. En mi casa estaba solo, podía actuar con completa cautela y discreción. Nadie me iba a sorprender. Cargué el dinero en el celular en el instante que el corazón comenzó a golpearme de forma inusitada.
A pesar de que estaba fresco el ambiente, sudaba. Estaba inquieto. Nervioso. Todo. Estaba a una llamada para ejecutar todo. Era la gran oportunidad.
Tomé el celular y busqué su nombre en la agenda. Fugazmente se me vino el recuerdo del percance en la micro que se me quedó el libro y su tarjeta ahí adentro metida. Respiré profundo, pero ya no podía seguir esperando.
Disqué.
Ocupado.
¡Carajo!... Mientras más me hacían esperar, más me inquietaba. Caminé de un lado hacia otro de mi pieza. Esperé un minuto y volví a discar.
El tono sonaba intermitente.
Esperaba.
-“Librería Cosmos buenas tardes, habla Alejandra Barraza ¿en qué puedo ayudarle?- Contestó fáticamente la telefonista.
Me quedé callado. Se me quitó el habla. Me consumía la timidez.
-“¿Aló?¿Qué necesita?”- Seguía cumpliendo su función la operadora. Tenía que hablar, tenía que aprovechar la instancia. Me lancé como sea a la aventura.
-“Buenas tardes señorita, sabe, necesito ubicar a Bárbara Henríquez, ¿Me puede comunicar con ella?” – Cuando dije su nombre sonó metálicamente. Mi mano temblaba, lo que me hacía escuchar irregularmente a mi interlocutora.
-“Ehh... señor, lo siento, pero Bárbara Henríquez ya no trabaja aquí hace dos semanas”.
¡No!!No puede ser!¡Todo se iba a la mierda en el instante!.Se me arrancó un resoplido, el que seguramente fue escuchado por Alejandra Barraza.
-“¿Qué necesita?¿Quiere hacer un pedido?”- Ofrecía sus servicios maquinalmente mientras yo trataba de pensar en algo de emergencia.
-“Es que lo que pasa, es que ella me veía los pedidos, entonces, necesito ubicarla para ver el asunto de una factura”- Fue lo primero que se me ocurrió. Creo que metí la pata.
-“Puedo verla en el sistema si desea, ¿me da su RUT?”-
Cresta!... se me pone cada vez más complicado. Era el momento ahora de seguir con la faena corriendo los riesgos, o sepultar todo ahora mismo y olvidarme del tema.
-“No señorita, yo necesito ubicar a Henríquez, ¿tiene algún teléfono donde puedo llamarla?”- Ya me empezaba a hartar.
-“Creo tener un celular de ella, espéreme un poco, no estoy segura.”-
¡Vamos que se puede!
-“Mire caballero, aquí tengo un número, no sé si es el de ella, porque es antiguo, pero anóte: cero nueve....”- ¡Bingo! Ya tenía su numero de celular. Eso era un notable avance. Corté agradeciendo, y la vendedora quedó con su frustración telemarketera.
Ahora sí. Era el real momento. ¡Vaya susto! Pero ahora si.
Anoté el número en el teléfono, e inicié la llamada.
Ahora sólo necesito que conteste.

Foto: Claudio Garrido

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